RAÚL CASTAÑÓN DEL RÍO

ESCRITOR

 
 
 

Ayer

 

Por segunda vez, dos meses consecutivos que me veo repitiendo dos días seguidos apuntes en esta bitácora personal. Ambas historias están relacionadas por un nexo común con el último apunte de abril.

Aquel tiempo tardopandémico, tan confuso como engañoso, contuvo mucho más de lo aparente a simple vista. Plantó raíces que han ido, van, fructificando con el tiempo en coincidencias de asombro (cada vez menos asombrosas por numerosas), en caminos paralelos abrazados por sorpresa, en simpatías firmes y tal vez inquebrantables cultivadas

en algún jardín mágico e invisible para la mayoría. Ahora me doy cuenta de que en aquel trabajo envilecido por envidias, infamias e incompetencias, dejado de toda planificación y seguimiento, de  jefaturas supuestamente responsables y sindicatos remunerados que nunca comparecieron en su labor, tenía otra recompensa no económica. Un disparate laboral abusivo y rácanamente pagado, pero cuyo pago en especie era, es todavía, la verdadera retribución impagable. Algo que no se puede pagar con dinero por no estar en venta ni aquí ni en ninguna parte del mundo.

Ayer mismo lo volví a constatar con una simple llamada de teléfono. Era un día comprometido a ambos lados de la línea. M., mi compañero de fatigas laborables durante aquel año en cuestión me llamó sin un motivo en concreto. Hacía unos meses que no hablábamos. Pero sabíamos que estábamos igualmente. Creo que M. me llamó por eso, aunque quizá no fuese del todo consciente. Pero supongo que necesitaba de algún respaldo anímico, de un territorio amigo donde tomarse un respiro en un día señalado con dureza; siempre se hace duro el aniversario del fallecimiento de un padre. A M. y a mí se nos alargó la conversación como de costumbre, por una diversidad de asuntos: trabajo, fútbol, actualidad, actualizaciones del pasado común… Ahí surgió, espontáneamente, la fecha. Yo sabía que su padre había fallecido en mayo –el mayo de nuestro año de contrato en común, más concretamente–, pero no el día: el mismo día del mismo mes que falleció mi padre, justo un año atrás. Ni que decir tiene que M. y yo terminamos la conversación más unidos y retribuidos por la nueva línea coincidente.

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